En Barretos, Brasil, un perrito llamado Johnny apareció un día frente a una capilla, flaco, cansado y sin saber a dónde ir. El padre Luiz Paulo Soares lo vio acostado en la entrada, lo llevó adentro y le dio comida, agua y un rincón seguro para descansar. Desde entonces, Johnny decidió que ese sería su hogar.
Con el tiempo empezó a seguir al sacerdote a todas partes: se quedaba quieto durante las misas, caminaba con tranquilidad entre los bancos y observaba todo como si ya entendiera la rutina del lugar. Cuando el padre notó lo integrado que estaba, le hizo una pequeña túnica roja y blanca que lo terminó convirtiendo en el famoso “perrito monaguillo”.
Hoy, Johnny es parte de la parroquia. Pasea por el barrio, pero siempre vuelve a tiempo para acompañar al padre antes de que empiece la misa.

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